Saludos, amigos y amigas.
Ayer estuve viendo la información de que el empresario dominicano Fran Rainieri, del sector turístico, solicitó a la Presidencia de la República y a Migración que las repatriaciones de haitianos ilegales a su país se realicen de forma gradual.
Porque, según él, sus empresas —las del sector turístico— se están quedando sin mano de obra barata. No lo dijo con esas palabras, pero todo el mundo sabe por qué a un empresario le interesan los pobres, sea nacional o extranjero. ¿Por qué le interesan los pobres? Única y exclusivamente por que son mano de obra barata.
En este caso, a Fran Rainieri no le interesan los haitianos como tales; le interesa la mano de obra barata. Le interesa una mano de obra barata, ilegal, que no reclame derechos, que no pueda sindicalizarse, que no pueda exigir. Una mano de obra sumisa, para contratarla por cheles. Prefieren pagarle a un extranjero ilegal migajas para que trabajen como burros, como esclavos, antes que pagarle al dominicano, los dueños de este país, y cumplir con la Ley 80/20, que establece que el 80 % de los empleos debe ser ocupado por dominicanos en todas las empresas, sean nacionales o extranjeras, y solo un 20 % puede ser destinado a extranjeros. El Estado dominicano, en ese sentido, está claro.
A pesar de estos reclamos, nosotros exigimos que la Ley de Migración se cumpla de inmediato. Este es un momento histórico para la nación dominicana y estamos obligados a hacer lo que hay que hacer o corremos el riesgo de desaparecer como nación. Y cuando digo que corremos ese riesgo, no lo digo como una voz agorera, no lo dice un desesperado, ni un ignorante. Lo dice alguien que tiene muchos años estudiando la historia dominicana y observando lo que ha ocurrido en otros países… y que, está convencido de que definitivamente, va a ocurrir aquí si no frenamos la presencia haitiana en el país, legal e ilegal.
Porque quien está sobreviviendo —como en el caso de los haitianos— hará lo que tenga que hacer para seguir viviendo. Esa es la historia de la humanidad: un grupo desplaza a otro, sobre todo cuando se trata de territorios más fértiles, con mayores posibilidades de alimentación, con más recursos.
Las guerras siempre se han dado por los recursos. No es que a un imperio o a una nación, le da la gana de invadir a sus vecinos, todo tiene una causa material que lo determina, asegurar los recursos vitales.
Los conflictos actuales entre China y Estados Unidos son una disputa por el reparto del mundo, por asegurar los recursos fundamentales para mantenerse como potencias. Ese es el verdadero problema.
Las naciones se han formado por determinados grupos humanos querían garantizar unos recursos mínimos para ellos y para sus descendencias.
¿Por qué los judíos regresaron a Palestina, a lo que llaman la «tierra de Israel»? ¿Por qué intentaron volver? Por un problema de recursos. No tenían un territorio donde desarrollarse y garantizar un legado para sus hijos. Pero ese territorio, hay que decirlo, se lo quitaron a otros, a quienes lo hacían producir y manar leche y miel precisamente, pero esto era gracias a los habitantes de allí quienes lo trabajaban.
En este momento estamos obligados a consolidar el Estado de derecho en la República Dominicana. Y cuando decimos que hay que consolidar el Estado de derecho, estamos diciendo que hay que hacer cumplir nuestras leyes y reglamentos, sin necesariamente violar los llamados derechos humanos, de ninguna persona, sea nacional o extranjera.
En ese sentido, hay que proteger los derechos del pueblo dominicano, especialmente de los más pobres. ¿Derecho a qué? A que si la población paga impuestos para tener servicios públicos de salud, para tener educación gratuita, sea el dominicano quien los reciba.
Si un extranjero llega, podemos darle lo básico: no dejarlo morir de hambre, de frío o de enfermedad. Pero estamos obligados a repatriarlo, a devolverlo a su territorio. Porque ningún país cede su propio bienestar o su territorio para que otro viva mejor o resuelva sus problemas.
Podemos ser solidarios, y lo somos. Pero cada quien debe aprender a resolver sus propios problemas en su propio territorio. Este es un tema al que hay que prestarle atención. La presencia masiva de haitianos ilegales destruye la soberanía nacional.
Cada Estado-nación en el mundo es soberano en su territorio, en su patria. Cada uno impone sus leyes y decide qué tipo de extranjero permite en su país. Así lo hace Europa, lo hace Estados Unidos, y lo hacen varios países de América Latina que exigen condiciones específicas para dejarte entrar.
Nosotros también tenemos derecho a exigir. Somos un Estado y exigimos respeto. De hecho, Haití exige a cualquiera que entre a su país una serie de requisitos que ustedes no van a creer. Incluso, hay que tener dinero en el banco para poder entrar a Haití. Y esos requisitos nos los exigen incluso a nosotros, los dominicanos.
Entonces, ¿quieren que nosotros recibamos sin papeles, sin nada, a esa millonada de haitianos que entra cada día por nuestra frontera? Porque, como todos sabemos, la frontera dominicana es prácticamente abierta: casi 392 kilómetros, lo que resulta casi imposible de controlar, a menos que le pongamos la situación tan difícil al que viene, que no sea atractivo venir. Eso los obligaría, naturalmente, a resolver sus problemas allá.
Los haitianos son bastante valientes, bastante guapos, nadie ha dicho lo contrario. Entonces, que enfrenten a esas pandillas, que obliguen a esa clase dominante haitiana a buscarle solución a su crisis, como lo ha hecho todo el mundo. Nosotros no somos los mejores, pero hemos aprendido —después de muchos errores y hasta de matarnos entre nosotros mismos— a ponernos de acuerdo en reglas básicas de convivencia. Y más o menos, nos ha ido bien.
Señores, la presencia masiva de haitianos ilegales representa un riesgo para la institucionalidad del Estado dominicano. Es un riesgo porque, cuando un Estado no controla quién entra, quién está, cómo se llama, dónde vive, es un Estado sumamente débil. Un Estado fuerte controla desde el momento en que un extranjero entra a su territorio: dónde está, a dónde va, con quién se junta, qué hace… hasta que sale.
Recientemente estuve en Cuba, y desde que entré —aun teniendo mejores condiciones económicas que muchos ciudadanos cubanos— me dieron seguimiento desde el primer momento hasta que salí. ¿A dónde usted va? ¿Dónde se va a hospedar? Y cuando llegué al lugar, me pidieron el pasaporte, le sacaron foto y, supongo, la enviaron a su servicio de inteligencia. Incluso, para alquilar un vehículo, fue un lío también. Cada país controla quién entra y quién sale de su territorio. No entiendo por qué a nosotros se nos exige lo contrario. ¿Por qué se nos quiere negar el derecho de decidir quiénes son o no son dominicanos, como establece el artículo 18 de la Constitución de la República?
Ese artículo es claro: son dominicanos los hijos de una madre o un padre dominicano. Muchos haitianos que son repatriados alegan maliciosamente: “Mi hijo nació aquí”. O dicen: “Esa niña nació aquí”. Por ejemplo, se denuncia el caso de una haitiana de 14 años que ya dio a luz y va a ser repatriada. Es doloroso, sí, pero ¿qué país puede darse el lujo de que llegue un ilegal, tenga un hijo ilegal, y que ese hijo ilegal, con solo 14 años, ya esté pariendo más ilegales? Eso llora ante la presencia de Dios, como dice el pueblo.
Solo con ese ejemplo, uno se da cuenta de que la nación dominicana está en riesgo. Porque si personas que entraron ilegalmente ya tienen hijos ilegales, y esos hijos, a los 14 años, están reproduciéndose, ¿a dónde vamos a parar? Señores, se estima que entre el 30 % y el 35 % de los nacimientos en República Dominicana son de parturientas ilegales.
¿Y qué maldito país se da ese lujo? Dejar que su población local sea sustituida por una población extranjera que, además, te odia. Porque no estamos hablando de una población extranjera que quiere integrarse, acogerse a nuestras leyes, aprender nuestra cultura o desarrollar nuestros valores. No. Es una población extranjera que busca sustituirnos.
Mientras las mujeres haitianas tienen en promedio entre cinco y ocho hijos, las dominicanas van reduciendo cada vez más la cantidad de hijos que paren. Ya no es común que una dominicana tenga cuatro, cinco o más hijos. La mayoría tiene uno, dos o tres, y ya con tres se considera mucho.
Además, esa presencia masiva de haitianos “puros” —porque vienen, se quedan y no se integran— genera guetos. Y eso destruye la cultura dominicana. Nuestra cultura es abierta, ha sido históricamente una mezcla de influencias diversas. Pero los haitianos se aíslan. No se integran ni a la iglesia dominicana, ni a las fiestas, ni a las costumbres. Ellos desaparecen de lo público y construyen sus propios espacios culturales, aislados, que no critico per se, pero que sí constituyen un peligro, porque se está desarrollando una nación paralela dentro del Estado dominicano. Y eso es una bomba de tiempo.
Además, esa presencia masiva —tanto por los ilegales que llegan como por los nacimientos que ocurren aquí— es una presión que ningún sistema puede aguantar: presión sobre el sistema educativo, sobre el sistema de salud y sobre todos los servicios públicos. Incluso, en términos de salud pública, los barrios donde se agrupan haitianos son, con frecuencia, espacios sumamente insalubres.
Es algo que realmente me sorprende. Solo en el área de educación, según el registro oficial, hay 186,000 haitianos inscritos en el sistema educativo dominicano. Y cada estudiante le cuesta al Estado, en promedio, 130,000 pesos al año. Multiplique 186,000 por 130,000. Eso da aproximadamente 23,000 millones de pesos al año, solo en educación.
¿Y cuánto es el presupuesto que el Estado asigna a la Universidad Autónoma de Santo Domingo? Trece mil millones de pesos. Es decir, solo en educación para hijos de haitianos se gasta casi el doble de lo que recibe la UASD. Aun así, tenemos profesores diciendo que a los haitianos los deportan por ser pobres. Es verdad: es por pobres. Pero, profesor, lamentablemente nadie quiere ni puede traer más pobreza a su casa.
Si usted es tan bondadoso, recíbeme cuatro primos míos que viven en el campo y necesitan ayuda. Yo se los voy a mandar a su casa para que usted los mantenga, les pague educación y salud. Usted les pone un seguro y, como el seguro no cubre todo, cada vez que vayan al médico, usted les da los medicamentos y para cubrir la otra parte de la consulta. También les da comida y educación. Hágalo con sus propios recursos.
Pero no pida que con los recursos del pueblo dominicano —ese pueblo pobre que trabaja, el mismo que usted dice defender— se mantenga a otra población que no es ni casta ni garrapata nuestra. Ese es un socialismo malentendido. Porque, como le digo, Cuba es un país socialista, y en Cuba el extranjero es extranjero. Eso tiene que estar claro. Y como en Cuba son socialistas y hay mucha tierra baldía sin cultivar, que se lleven un par de millones de haitianos para allá.
Pero usted bien sabe que en Cuba, antes de la Revolución, sacaron a los haitianos y que, después de la Revolución, no los han dejado entrar. Porque nadie tiene vocación para irse a Cuba. Entonces, no me venga con eso.
Este es un momento decisivo, donde realmente se define quién es o no es dominicano. Porque, en su discurso tan empoderado, usted nunca mencionó a la República Dominicana. Siempre habló de los pobres, de los trabajadores, de los profesores… pero nunca mencionó a la patria. Y en este momento, lo más importante es ser dominicano. Más importante, que ser profesor, que ser empleado o estudiante universitario. En este momento, lo que importa es ser dominicano.
Porque esa es otra: existen personas que están criticando mis acciones y dicen que soy retrógrada. Lo que pasa es que yo no soy un imbécil. El país está en grave riesgo. Venimos trabajando este tema desde que éramos estudiantes. Y se lo dijimos desde el 99: si no se le busca solución al problema de la migración haitiana —que ustedes mismos han incentivado, con o sin ser empresarios— esto se va de las manos.
Ustedes lo incentivaron, diciendo “que vengan todos los pobres”, pero los pobres dominicanos no les importan. Lo que sí les importa son los pobres extranjeros. Y claro, es muy fácil ser socialista con el dinero de otro, con lo que produce el otro. Pero no con su propio sudor.
Dígame, ¿qué país socialista permite que se le infiltre otra nación de pobres por debajo, sin control, y que ni siquiera se integre? Porque los socialistas son solidarios, pero con gente que piensa como ellos. Con gente que los respete. Los socialistas no son solidarios con sus enemigos. ¿Acaso Cuba es solidaria con Estados Unidos? ¿O China con un país capitalista?
Además, para que estemos claros: Haití es un Estado fallido. No me vengan con cuentos. Haití es un desastre ecológico. Un desastre. No hay forma de revertir eso, porque hay una cultura de destrucción. Todavía, a esta fecha, siguen produciendo carbón, quemando madera.
Y aunque duela decirlo, si no hubiera sido por Balaguer, aquí estaríamos igual o peor. Porque fue Balaguer quien, en los años 90, paró eso. Implementó una campaña —muy criticada en su momento— y regaló estufas, puso tanques de gas, hizo que llegaran hasta los campos del país y se produjo una transformación. Eso no lo han hecho los haitianos. Ellos siguen cocinando con leña y destruyendo la naturaleza.
Además, Haití es un desastre sanitario. No tiene infraestructura hospitalaria, ni servicios básicos, ni nada. Es un país que nadie planifica. No tiene una estructura policial ni institucional que regule nada. Haití es un Estado selvático. No es una nación que haya logrado la unidad nacional, que se haya pensado como un cuerpo. Psicológicamente, allá los ricos son enemigos de los pobres, y los pobres, enemigos de los ricos.
Además, tienen lo que muchos socialistas, lingüistas y antropólogos celebran como una gran virtud: un idioma propio. Pero ese idioma —el créole haitiano— no es una lengua que permita desarrollar el pensamiento en términos modernos. Es una lengua localista, de pensamiento inmediato, sin las categorías necesarias para decodificar el mundo actual.
El profesor Grateraux decía que el créole proviene de una lengua que se hablaba en Francia antes del francés moderno, sobre todo en la región de Normandía. Como todos sabemos la lengua es una herramienta fundamental para el desarrollo del pensamiento creativo, para la conexión con la realidad del mundo actual. Las categorías lingüísticas y lógicas son las que permiten pensar el mundo de manera racional. Y eso es algo que los haitianos pobres, naturalmente, no pueden hacer, porque los demás —los que tienen recursos— sí hablan francés, inglés, y acceden a otras herramientas.
Así que dejémonos de cosas. Haití está hoy en manos del crimen. Está dominado por pandillas, por redes de tráfico de drogas, tráfico de armas, y crimen organizado. Es un Estado selvático. No me vengan con que podemos seguir jugando a la inocencia. Estamos hablando de un desastre ecológico, un desastre sanitario, una ausencia total de gobernabilidad. Son las pandillas las que mandan allí.
Ahora imaginen el escenario de que a esas pandillas se les ocurra cruzar la frontera. Naturalmente, no son tan brutas: saben que del lado dominicano, aunque aquí cualquier cosa pueda pasar, encontrarían una respuesta más o menos organizada. El ejército dominicano no será el mejor del mundo, pero si se ve obligado a actuar, responderá. Y no solo eso: también la propia población daría respuesta.
Eso es lo importante de este momento histórico: que la población dominicana de abajo ya tomó el tema. Ya el tema está en la calle. Ya es imposible que los discursos de ustedes, los intelectuales, puedan disfrazar la realidad. Porque ustedes no piensan los problemas con los pies en la tierra.
Un amigo nuestro dijo hace poco algo increíble: que el «antihaitianismo» es una forma fácil de hacer política. Maestro, no. Nosotros no estamos haciendo política con el antihaitianismo. Todo lo contrario: sabemos que podemos perder votos por tener este discurso. Pero le digo algo: si hay que perder votos y hasta perder elecciones por defender a la República Dominicana, ¡que se pierdan los votos y que se pierdan las elecciones!
Claro que necesito votos para ganar la posición a la que aspiro, pero si tengo que elegir entre seguir siendo dominicano y defender la nación, o quedarme callado por conveniencia, elijo la patria. Porque la realidad me lo dice: este país está en peligro.
Y que quede claro: esto no es una forma fácil de hacer política. Esta es la forma más difícil, sobre todo para quienes aspiramos a cargos académicos, donde todo el mundo quiere manejarse con paños tibios, repitiendo pendejadas de otros, sin enfrentar la realidad con categorías claras ni respuestas basadas en la verdad material de los hechos.
En mi mente yo puedo jugar a lo que sea, imaginar lo que quiera. Pero la realidad me está diciendo otra cosa, y yo no quiero dejarle este problema a mis nietos. Este problema tenemos que enfrentarlo nosotros, ahora. La crisis haitiana no la podemos resolver los dominicanos, ni estamos obligados a hacerlo, porque no la creamos nosotros.
Es una crisis que debe ser resuelta por la comunidad internacional. Y sobre todo, la obligación recae en esos estados que explotaron a Haití y lo dejaron hecho un trapo, sin instituciones, sin estructura, sin futuro. Francia, por ejemplo, es un imperio depredador —a diferencia del español—. No estoy diciendo que el Imperio Español fuera bueno, pero sí era un imperio generador.
Generador en el sentido de que, donde iba, dejaba sus instituciones: ayuntamientos, iglesias, escuelas. Francia, en cambio, solo usó a Haití como una colonia para exprimirla, para explotar a esos pobres hombres y mujeres negros que trajo esclavizados desde África. Los compraban a otras potencias esclavistas, los traían en condiciones inhumanas, y morían a los seis o siete años por el trabajo brutal. Nunca se les dio educación. Nunca hubo la intención de generar civilización. Solo explotación.
España, aunque fue un imperio cruel, como lo son todos los imperios, al menos sembraba estructuras mínimas. Por eso nosotros, los dominicanos, tenemos instituciones básicas, y por eso no estamos obligados a resolver lo que ellos mismos —los franceses, los canadienses y los estadounidenses— crearon. Que lo resuelvan ellos.
Los dominicanos debemos cerrar filas, todos. ¿Cerrar filas contra qué? Contra la presencia haitiana ilegal. Aquí solo deben estar los que entren de manera regular, de forma legal. Y también debemos cerrar filas contra esos políticos tibios, que entregan visas sin control, sin justificación, solo para enriquecer a un cónsul, porque lo han convertido en un negocio. Contra esa gente hay que organizarnos.
No importa de qué partido usted sea. A esas personas hay que repudiarlas donde quiera que vayan. Y al gobierno que los nombre, también debemos repudiarlos.
Finalmente, quiero referirme a una mentira que repiten empresarios sin conciencia, empresarios dominicanos que no tienen idea del privilegio que disfrutan aquí para explotar nuestras riquezas. Es falso que la economía dominicana dependa de la mano de obra haitiana ilegal. Totalmente falso.
Y si, en un caso extremo, se llegara a demostrar que realmente dependemos de esa mano de obra ilegal, entonces hay que decirlo claro: señor empresario, todos ustedes buscan sus propios intereses. Porque los empresarios no son buenas personas por naturaleza; no se guían por la ética, sino por la rentabilidad. No les interesa la soberanía ni el futuro del país, sino su bolsillo.
Así que no me vengan con ese cuento. Si tu empresa depende de la mano de obra ilegal, entonces que tu empresa cierre. Si tu negocio no puede funcionar sin mano de obra barata e ilegal, que no funcione. ¿Vamos a vender el país porque a ti te da la gana de enriquecerte?
- ¿O acaso tú, hotelero, me das un mejor precio porque contratas haitianos ilegales?
- ¿Acaso el que construye apartamentos me los vende más baratos porque los hizo con mano de obra ilegal?
- ¿Acaso el supermercado me cobra menos porque tiene empleados haitianos?
- ¿La zanahoria y la papa que se producen en Constanza me las venden más baratas porque las cosecharon haitianos?
Entonces, págale al dominicano lo que vale su trabajo y verás que el dominicano hace esa labor.
Porque los dominicanos se van a Puerto Rico, a Nueva York, a España… y hacen de todo. Trabajan en construcción, limpieza, cuidan ancianos, niños, hacen agricultura. El dominicano no le teme al trabajo. Lo que pasa es que ya no está en la etapa de sobrevivencia. El dominicano quiere vivir con dignidad, mejorar su calidad de vida y la de su familia. No es un indigente.
Así que dejémonos de cuentos. Los empresarios quieren mano de obra barata, pero no les importa el país. Porque el día que esto explote, ya tienen sus casas en Miami o en algún paraíso fiscal. Ellos no tienen ningún sentimiento nacional.
Entonces, si tú no puedes operar tu empresa contratando mano de obra legal y pagándole al dominicano lo justo, no tengas empresa. Que venga otro, que sea más competitivo, que tecnifique su producción, que haga lo que tenga que hacer para competir en igualdad de condiciones. Porque lo que no vamos a seguir haciendo es vender la patria por cheles.