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Definir qué es ser dominicano es un problema filosófico. Porque, ¿qué es ser? ¿Siempre hemos sido dominicanos, o comenzamos a serlo a partir de un momento histórico?

Los primeros pobladores que habitaban este territorio, ¿eran dominicanos? No, no lo eran. Pero entonces surge otra pregunta: si comenzamos a ser dominicanos a partir de un momento histórico, ¿seguiremos siendo dominicanos siempre? No importa las acciones y decisiones del presente. Claro que no, de lo único, que según algunas posturas filosóficas se puede predicar que siempre es y siempre ha sido, es del ser ontológico por esencia, del primer motor, motor inmovil como diría Aristóteles. Ese sería Dios.

De Dios no se puede decir que empezó a ser a partir de un momento, porque esto implicaría, que no es eterno y podría dejar de ser. En cambio, en el caso del ser dominicano, que comienza a ser a partir de un momento histórico, siempre será pertinente preguntarse: ¿seguiremos siendo dominicanos, sin importar lo que ocurra en nuestra sociedad?

Si la respuesta es afirmativa —que siempre seremos dominicanos, sin importar lo que ocurra con nuestra nación, nuestra gente, nuestra cultura, nuestra religión o nuestro quehacer diario—, entonces no deberíamos preocuparnos por responder a la pregunta “¿qué es ser dominicano?”. Pero si, como todos sabemos, empezamos a ser dominicanos en un punto concreto de nuestra historia —cuando ni siquiera llevábamos el nombre de “dominicanos”—, hay que hacerse la pregunta con seriedad.

Antes del nombre, dominicanos, ya se había ido formando una masa de personas que, seguramente, se peleaban, que no se querían, que venían de múltiples lugares, etnias, culturas, con idiomas distintos, religiones distintas, intereses distintos. Pero en la convivencia, llegó un momento en que se conformó un grupo humano con una psicología común, con intereses comunes, con una religión común, con una lengua común.

Y entonces dijeron: “Ah, pero no somos ni africanos, ni taínos, ni españoles; somos otra cosa”. Y a esa otra cosa se le llamó “dominicano”. Un nombre curioso, por cierto, que proviene de la Orden de los Dominicos, y más directamente, de Santo Domingo. A propósito de eso, un gran amigo nuestro está trabajando en una escultura monumental de Santo Domingo, fundador de la Orden de los Dominicos.

Dominus significa “señor”, y canis significa “perro”. Así que vendríamos a ser como perros o siervos del Señor. Es un nombre que tiene una fuerte carga simbólica y religiosa, vinculado a la religión predominante en el pueblo dominicano: la religión católica.

Pero también está vinculado con una lengua: la lengua en la que aprendimos la religión, en la que aprendimos a amar, en la que aprendimos a pelear, a llorar a nuestros muertos. Esa lengua es el español. Ser dominicano, entonces, tiene mucho que ver con estas cosas.

¿Se puede ser dominicano aprendiendo en francés, en inglés, en ruso, en chino o creole haitiano? ¿Se puede formar un dominicano que no hable español? ¿Se puede ser dominicano sin haber aprendido a serlo en el español dominicano? Es muy difícil. Está bien que alguien que viva fuera del país y haya sido criado fuera sienta apego, pero serán sentimientos que quizá no entienda del todo. Porque para ser dominicano, hay que aprenderlo viviendo entre dominicanos, aprendiendo sus mañas, sus bondades, su tigueraje.

No estoy invitando a que sean tigres, ni mucho menos, pero aunque uno no lo practique, no se deja engañar fácilmente en la calle porque conoce el tigueraje y lo identifica desde lejos.

Quiero, entonces, señalar cuatro elementos que he tomado de la filosofía de un gran amigo que está aquí presente entre nosotros: el profesor Alejandro Arvelo, quien también fue mi maestro.

Él sostiene que hay cuatro pilares básicos de la dominicanidad: el territorio —y presten atención a esto—. Las naciones, como la dominicana, comenzaron a ser en un momento determinado de la historia, pero para conquistar el derecho al territorio que hoy se llama República Dominicana, tuvimos que pelearlo.

¿Y con quiénes lo peleamos? Con otros que también querían este territorio, porque todo el mundo quiere tener un lugar donde vivir, donde vivan sus hijos y sus nietos. El territorio que hoy ocupa la República Dominicana hubo que pelearlo, para que hoy ustedes pudieran disfrutarlo. Nuestros padres fundadores fundaron la nación dominicana.

Ahora bien, ¿cómo nace una nación? Una nación tiene un proceso largo, pero yo lo voy a sintetizar en cuatro etapas:

  1. La nación biológica. ¿Qué significa esto? Que mis hijos tienen hijos, los hijos de mis hermanos también tienen hijos, y así sucesivamente. Como venimos de un mismo origen genético, formamos un grupo familiar. Podríamos decir: la nación de los Silverio, un pequeño grupo que se identifica por la sangre. A esto se le llama nación biológica.
  2. La nación cultural. Surge cuando ese grupo se da cuenta de que tiene usos y costumbres comunes, que comparten formas de ver el mundo, de hablar, de celebrar, de vivir. Y entonces dicen: oye, pero nosotros somos iguales entre nosotros y diferentes a los demás.
  3. La nación étnica. Esta incluye los elementos anteriores, pero también incorpora otros fundamentales: la religión, la lengua, la historia compartida. Es una identidad más completa, con raíces simbólicas y espirituales.
  4. La nación histórica. Esta nación, en un momento determinado, lucha por un territorio. Pelea por un espacio geográfico hasta que convence a sus competidores de que tiene la fuerza suficiente para defenderlo, o al menos la voluntad de morir defendiéndolo.

Así se formó la República Dominicana. Y ustedes lo saben: a través de la historia, se luchó por este espacio que hoy ocupamos. Luego de todas esas etapas, en 1844, se alcanza el último nivel que es la nación política. Es cuando la nación se constituye como un Estado, con sus leyes, su territorio donde ejerce plenamente su soberanía, su lengua, su religión, y una serie de elementos propios que son reconocidos por el mundo.

Lo que les quiero decir, señores, es lo siguiente: así como la República Dominicana comenzó a ser en un momento determinado, también podría dejar de ser si nosotros, los del presente, no tomamos conciencia de que esta República Dominicana podría estar siendo desintegrada por ciertos elementos —que, amparados en un falso humanismo— no advierten que las naciones se forman y también desaparecen, especialmente cuando sus habitantes pierden la voluntad de mantener lo que sus antepasados —nuestros padres fundadoresnos legaron con sangre y sacrificio.

Quizás hoy ustedes no lo entiendan del todo. Pero tal vez mañana, con dolor, lo comprendan, si no se ponen a trabajar para preservar lo que tienen.

Y quiero decir algo más, que puede parecer paradójico: la religión forma parte de nuestra identidad. Y sí, lo que voy a decir ahora puede sonar contradictorio, pero es real: yo me defino como un ateo católico. Oigan bien: un ateo católico. ¿No es eso una paradoja?

Yo me defino así porque, aunque quizás no tengo esa fe psicológica que muchos poseen, me siento esencialmente católico. Defiendo, siento como míos los ritos, los rituales, las costumbres que aprendimos desde niños en el marco de la religión católica. La religión católica es importante para la identidad dominicana y, si queremos extenderlo un poco más, la religión cristiana en general.

No es cierto que una patria dominicana se construya desde una visión del budismo lejano, ni desde una religión musulmana, ni desde el vudú haitiano. No es verdad. Ese elemento religioso que heredamos forma parte de nuestra identidad, y debemos preservarlo. Los valores cristianos son parte esencial del pueblo dominicano y tenemos que transmitir ese legado, incluso si somos ateos, a las futuras generaciones.

Otro pilar fundamental es el idioma, señores. La lengua que hablamos forma parte de nuestra identidad. En este momento, la Escuela de Filosofía de la UASD, que dirijo, tiene programado un congreso para noviembre —los días 22 y 23— con el título: Pensar en español: apuesta por la identidad dominicana.

¿Por qué pensar en español? Porque hay muchas voces por ahí que intentan confundirnos, diciéndonos que da lo mismo hablar en “creñol”.

¿Qué es creñol? Una mezcla de español con creol. Y no sé por qué otras estupideces. Bueno, lo cierto es que hay gente promoviendo ese discurso, vendiendo ese veneno, que dice que se puede ser dominicano hablando en creñol. Esa mezcla extraña de español con creole haitiano. O incluso en spanglish, como le dicen.

Y algunos han llegado a proponer, nada más y nada menos, que se enseñe creole haitiano en nuestras escuelas. Pero ven acá: ¿cuál es la necesidad? Entiendo que uno aprenda inglés porque es la lengua en la que se producen los textos científicos de esta época, los textos tecnológicos, los contenidos culturales, las películas, etc. Pero, ¿enseñar una lengua —como el creole haitiano— cuya producción intelectual, científica o cultural está limitada a su propio ámbito?

Está bien si los haitianos vienen aquí y quieren vivir aquí: que aprendan español. Y si algún día ellos llegan a tener una economía más fuerte, y nosotros tenemos que ir allá a venderles algo, pues en ese momento nos tocará aprender creole. Pero mientras tanto, si son ellos quienes llegan a nuestras escuelas, entonces que aprendan español ellos.

A nosotros se nos ha acusado muchas veces de ser un país racista. Y cada vez que escucho esa acusación, la verdad es que me dan ganas de reír. Porque, en todos los años que tengo de vida, no he visto ese racismo estructural del que tanto hablan, al menos no como lo pintan.

Lo que sí he visto —y eso no lo voy a negar— es que al pobre le dan su patada donde quiera que llega, pero no por ser negro, sino por ser pobre. Porque cuando llega Sammy Sosa, Pedro Martínez, Michael Jordan, o cualquier negro con dinero, a una discoteca dominicana, a un hotel, a una plaza, ¡todo el mundo se les saluda! Mi papá decía: “Llega un negro en una nave espacial, en una Jeep de último modelo… y todo el mundo lo saluda”. Pero si llega un blanco montado en un motoconcho destartalado, ¿qué pasa? No pasa nada.

Entonces, si hay un prejuicio o una discriminación, no es contra el negro, señores: es contra el pobre. Porque no es verdad que cuando llega un negro —dominicano o extranjero— con todos los rangos, y al mismo tiempo llega un blanco desbaratado, le van a dar el trato preferencial al blanco. Eso es falso.

Ahora, para finalizar: ¿qué ha ocurrido? Que se han hecho unos supuestos experimentos sociales, entre comillas, donde colocan a unos niños dominicanos —negros, blancos, como nosotros— y les ponen dos muñecos: uno blanco y uno negro. Y les preguntan:

  • ¿Cuál es el más lindo? — El blanco.
  • ¿Cuál es el más feo? — El negro.
  • ¿Cuál es el más bueno? — El blanco.
  • ¿Cuál va a ser pobre? — El negro.
  • ¿Cuál crees que es ladrón? — El negro.

A partir de eso, concluyen que somos racistas desde niños, que en la escuela se enseña a ser racista. ¡No, no, no! 

Hay que entender la psicología del niño.

¿De qué color es Dios en las imágenes?

¿De qué color es el diablo?
¿De qué color es la Virgen María?
¿De qué color son los modelos de belleza que ve el niño en la televisión?
¿De qué color son los superhéroes, las princesas de Disney, las portadas de revistas?

Entonces, si de verdad fuéramos racistas, muéstrale a un niño la imagen de un deportista famoso negro y colócale al lado un blanco cualquiera. Pregúntale cuál es el mejor. A ver si te dice que es el blanco. No lo va a decir. Porque el niño está siguiendo una figura de éxito, no eligiendo por color de piel.

Además, si desde pequeño me enseñaron que Dios es blanco, que tiene los ojos azules, entonces no me pueden criticar hoy porque, aunque yo sea negro, me guste ver como bello lo que me enseñaron que era bello. Si Dios es bueno, bello e inteligente, ¿por qué un niño tendría que elegir otra cosa?

¿De qué color es Omega “El Fuerte”? ¡Pero señores! Omega “El Fuerte” nunca se ha quejado de que por ser negro no consigue mujeres, o que lo rechazan por su color de piel.

Ahora bien, pónganlo a vender plátanos en el mercado del Hospedaje Yaque. ¿Ustedes creen que Omega “El Fuerte”, vendiendo plátanos ahí, tendría el mismo éxito con las mujeres que tiene ahora? No, señores. Entonces el problema no es ser negro: es la posición económica.

Finalmente, quiero decirles algo fundamental: el rol de la lengua y de la cultura en la formación de la identidad nacional es clave.

Los dominicanos de hoy tenemos un compromiso sagrado —sí, sagrado—: de legar a las futuras generaciones una nación dominicana libre y soberana, libre de los enemigos que hoy intentan resolver los problemas de otra nación —en este caso, Haití— dentro de nuestro territorio, usando nuestros recursos, los mismos recursos que nos legaron nuestros padres fundadores.

Y si no estamos claros de cómo conseguimos esos recursos y esa soberanía, los vamos a terminar cediendo, pendejamente con una sonrisa en la cara y con una mentalidad de falsa compasión. ¿Ustedes creen que los haitianos, si nosotros estuviéramos en su situación, nos dejarían pasar para allá y llenar sus escuelas y hospitales con nuestra gente de manera gratuita?

¿Ustedes creen que es un deber cristiano —para quienes así lo enseñan— que un hermano pobre deje sin comer a sus propios hijos para darle de comer a los hijos de su hermano, que también es pobre?

Yo puedo ayudar a mi hermano, claro que sí, pero el primer deber que tengo es con mis hijos, porque ellos no pidieron venir al mundo: yo los traje.

Por tanto, mi responsabilidad como República Dominicana es con los dominicanos. Podemos ayudar a cualquiera, pero sólo cuando sobre. Yo no puedo dejar a niños dominicanos fuera de las escuelas, como está ocurriendo, porque están llenas de niños haitianos, porque ellos son niños y también son pobres. Pero venga acá… y a quien se les ocurren ideas tan peregrinas y absurdas.

¿Y quién mandó a los haitianos a tener hijos si no podía mantenerlos? ¿Quién le dijo que nosotros se los teníamos que mantener?

No, no, no. Si yo tengo hijos, yo tengo que mantenerlos, cuidarlos, pagarles la escuela. Y si mi hermano tiene hijos, él es responsable de los suyos. Yo puedo ayudarlo, pero la responsabilidad es de él, no mía.

La República Dominicana no está obligada de ninguna manera a dejar a sus propios hijos fuera de las aulas porque los hijos de haitianos ilegales estén ocupando esos espacios.

Tampoco es justo que un dominicano no reciba un buen servicio de salud porque hay una fila interminable de haitianos ocupando los hospitales sin pagar un solo peso.

Entonces, tenemos un compromiso histórico. Y lo voy a leer para que no se me quede nada:

  1. Tenemos el deber de legar una República Dominicana libre y soberana a las futuras generaciones.
  2. Tenemos el deber de señalar —con pelos y señales— a los enemigos, de fuera y de adentro, que pretenden resolver el problema haitiano dentro de nuestro territorio.
  3. Tenemos que enseñar a nuestros jóvenes que no hay nación sin sacrificio.

Como dice nuestro Himno Nacional:

«Ningún pueblo ser libre merece, si es esclavo, indolente y servil.«

 ¿Saben lo que es un servil? Es un incondicional. Es aquel que no tiene dignidad, que a todo dice que sí, que se arrastra, que le celebra todo al amo. Como ese perro que dicen que es leal… sí, es leal, pero también puede convertirse en un incondicional, incapaz de decir “¡basta!”.

Nosotros, los dominicanos, no debemos ser serviles de nadie.

También debemos recordarles a nuestros jóvenes que el deber de un cristiano y de cualquier ser humano decente comienza con sus propios hijos. Un hermano pobre no puede dejar sin comer a sus hijos para alimentar a los hijos de otro hermano que también es pobre. Eso no es solidaridad, eso es irresponsabilidad.

Debemos subrayar con claridad que la obligación primaria de todo dominicano es resguardar el bienestar de su propia familia. No es justo —y hay que decirlo sin miedo— que los hijos de haitianos ilegales ocupen aulas desplazando a estudiantes dominicanos, en escuelas que fueron construidas con el dinero del pueblo dominicano.

No es justo que la saturación del sistema de salud por parte de… ya ustedes saben quiénes, afecte directamente a la nación dominicana y a los más necesitados de nuestro pueblo.

Entonces, ¿qué es ser dominicano en este contexto histórico?

Es despertar, es abrir los ojos. Es darse cuenta del momento histórico que vivimos. Se lo digo, sobre todo, a ustedes, que —por lo que veo— pertenecen o son hijos de la clase media dominicana. Muchos de sus padres no nacieron con el bienestar que hoy disfrutan ustedes. Tuvieron que luchar mucho, con sacrificio, para llegar hasta aquí.

Y si ustedes se descuidan, si no entienden lo que está pasando, cuando les toque ser adultos, cuando les toque ocupar ese mismo lugar en la sociedad, puede que ya lo hayan perdido todo, por no haber entendido el momento histórico que recaía sobre sus hombros.

Finalmente, quiero felicitar a esta institución por haber permitido que este tema se tratara en sus aulas. No sé si estaba en el programa que yo dijera este tipo de cosas, pero así es como yo pienso. Y dondequiera que voy, predico ese mismo discurso.

Muchas gracias. Colegio De La Salle Santiago

Gracias al Prof. Pedro Cruz por confiar en nosotros