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Escuchamos muy frecuentemente la falacia “Una persona que nace aquí, vive aquí, nunca ha salido del país, se educó aquí, habla el idioma y no conoce otra cultura… tú no puedes venir a decirle que no es de aquí, punto.” José Laluz

Hay que decirlo con toda claridad: una nación que no tiene conciencia de cómo llegó a ser nación, tiende a desaparecer. Y eso es exactamente lo que podría estarle pasando a la nación dominicana.

Sobre todo cuando vemos a un grupo de individuos que se han educado con los recursos del Estado dominicano, que han logrado salir adelante, mantener a sus familias gracias a su talento y esfuerzo, pero por la estructura institucional que le brindó el Estado dominicano y ahora pretenden que sea el pueblo dominicano quien cargue con una población que no es nuestra, que no tiene vínculo alguno con nosotros y que, nos odia y que además no muestra vocación de integrarse a nuestra cultura.

Laluz habla de que los haitianos ya tienen la cultura dominicana. Pero si verdaderamente tuvieran la cultura dominicana, estarían defendiendo esta patria tal como lo estoy haciendo yo. La actitud de Laluz es propia de un agente extranjero, de un enemigo del suelo patrio y como tal debemos repudiarlo.

Recientemente vi un video de José Laluz donde afirma que los hijos de haitianos ilegales nacidos en el país deben ser dominicanos, porque —según él— nacen aquí, viven aquí, aprenden a hablar aquí, se desarrollan aquí. Y que no se les puede negar la nacionalidad porque no conocen otro país. Pero esa es una opinión ingenua… o propia de alguien que no defiende esta patria. ¿A qué dominicano en su sano juicio se le ocurre decir algo así?

Estamos hablando de un país con una frontera de casi 400 kilómetros, prácticamente abierta, por donde cualquiera puede entrar de forma ilegal, sin control ni registro. ¿Cómo puede un país como el nuestro darse el lujo de ignorar esa realidad?

La República Dominicana ha establecido de forma clara en su Constitución y en sus leyes quién es dominicano: Los hijos e hijas de padre o madre dominicana. Punto. El principio que rige es el ius sanguinis —la nacionalidad se transmite por sangre, no por territorio.

Esto significa que los hijos de extranjeros que estén aquí en misión diplomática, de paso o en situación ilegal, no adquieren la nacionalidad dominicana por haber nacido en nuestro territorio.

Y esto incluye a los inmigrantes ilegales. Porque, como hemos repetido en muchas ocasiones: de la comisión de un acto ilegal no se derivan derechos. Eso es absurdo. Aunque duren 40, 50 o 100 años aquí, no son dominicanos.

También se argumenta que esto es una cuestión de derechos humanos, y se apela a la idea de la apatridia, como si la República Dominicana estuviera obligada a “darle una patria” a todo el que no la tenga. Pero esa no es nuestra responsabilidad. Si usted entra ilegalmente y nadie lo obligó a tener hijos aquí, lo cual es una actitud irresponsable desde todo punto de vista.

Y los dominicanos, por su buena fe y hospitalidad, o por hacerle caso a esa ideología barata del pacifismo, le han permitido que estas personas utilicen nuestros hospitales, nuestras escuelas, nuestros servicios… y encima de eso ahora quieren culparnos por no tener documentos, cuando es su ilegalidad la causa del problema. Sus hijos tienen la nacionalidad de sus padres. 

Ese es su problema, no el nuestro. La Constitución de Haití les garantiza la nacionalidad haitiana a sus hijos. Pero Haití, hay que decirlo claro, no es una nación política como tal, es un Estado fallido. Es un desorden. No tienen instituciones funcionales ni una clase dirigente que gobierne con responsabilidad.

Entonces, ¿por qué quieren que la República Dominicana resuelva el problema que ellos no han sabido manejar?

En Haití, el que tiene dinero ve al pobre como enemigo. Y no digo que aquí vivamos en el paraíso, donde ricos y pobres viven libres de conflictos, pero hemos construido mínimamente instituciones que funcionan.

También se suele comparar el caso de los hijos de haitianos nacidos en República Dominicana con el de los dominicanos nacidos en Estados Unidos. Pero esa comparación es falsa. Estados Unidos tiene sus propias leyes, y nosotros las nuestras. No es lo mismo que un haitiano entre ilegalmente a la República Dominicana a que un dominicano entre ilegalmente a Estados Unidos. ¡No es lo mismo! Cada país tiene sus reglas y su soberanía. Esa comparación simplona que hace José Laluz no resiste el más mínimo análisis.

Estados Unidos, en un momento de su historia, determinó que toda persona nacida en su territorio recibiría la nacionalidad estadounidense. Porque necesitaban atraer mano de obra extranjera para trabajar la tierra. Era un incentivo: ven, trabaja, y tu hijo será estadounidense. Eso fue una política deliberada para poblar y desarrollar un país.

Pero nosotros no necesitamos más pobres. No necesitamos gente que venga a quitarle el trabajo a nuestros propios pobres, a quienes también les hace falta trabajo en el campo, en la construcción, en los servicios. No solo les quitan plazas de trabajo a los dominicanos; también ocupan espacios en nuestras escuelas, en nuestros hospitales y en otros servicios públicos.

Y vuelvo a decirlo: una nación que no tiene conciencia de cómo llegó a ser nación, está condenada a desaparecer. Y creo que eso es lo que podría estarle ocurriendo a la República Dominicana. Tenemos un grupo de personas que se han educado con los recursos del Estado dominicano, que han progresado, que han podido mantener a sus familias gracias a su talento y esfuerzo, pero que ahora quieren que el dinero del pueblo dominicano se destine a sostener a una población que no es nuestra, que no tiene vínculo alguno con nuestra historia ni con nuestra cultura, y que tampoco tiene vocación de integrarse.

Se habla mucho de que “ya tienen la cultura dominicana”. Pero si realmente la tuvieran, estarían defendiendo a la República Dominicana como lo hago yo. Ese es otro peligro: dejar que se establezca una población sin vocación de integración, que persiste en mantener su idioma, sus costumbres, su religión, su visión del mundo. Ellos no buscan integrarse, sino coexistir, como si ellos fueran otro país dentro del nuestro.

No existe tal cosa como “dominicano de ascendencia haitiana” o “domínico-haitiano”. Existen haitianos y existen dominicanos. Y esto tiene que quedar claro. Porque si no entendemos cómo llegamos a ser una república independiente, difícilmente sabremos cómo mantenernos siendo dominicanos en el tiempo.

Otro error garrafal de José Laluz es confundir el concepto de nacionalidad con el de nación. La nacionalidad la otorga un Estado: es un acto jurídico, un estatus legal. Pero hay personas con nacionalidad dominicana, como Laluz, que en su conducta, en su discurso, en sus acciones, no son dominicanos. Porque actúan en contra de los intereses de la nación dominicana.

En cambio, el concepto de nación es mucho más complejo. Existen distintos tipos de naciones. Por ejemplo:

  • La nación biológica: un grupo humano que se reconoce a sí mismo como tal por compartir rasgos físicos, un linaje, una genética común.
  • La nación histórica: aquella que se forma a partir de una historia compartida, de haber pasado juntas por los mismos desafíos y conflictos, generando una conciencia colectiva y una psicología común.
  • La nación étnica: unida por tradiciones, lengua, religión, costumbres, como el caso del pueblo judío.

Los judíos, por ejemplo, vivieron siglos sin tener un Estado, pero seguían siendo una nación. Eran una nación biológica porque conservaban el linaje a través de las mujeres judías. Una nación étnica porque preservaban su lengua, su religión, sus costumbres, su historia.

Entonces, hay una diferencia fundamental entre nacionalidad y nación. La nacionalidad es un papel; la nación, en cambio, es una conciencia histórica, una herencia cultural, un vínculo real con el destino de un pueblo.

También existen naciones que culturalmente se parecen, pero eso no implica que sean una nación política. Un ejemplo claro lo tenemos en España, con los casos del País Vasco y de Cataluña. Aunque comparten territorio y ciertas similitudes culturales, no son naciones políticas en sí mismas. Ser una nación política implica ejercer soberanía sobre un territorio. Y ese es precisamente el caso de la República Dominicana: una nación política que ha constituido un Estado, con un territorio propio, con un territorio y unos recursos que conquistamos a sangre y fuego.

Y ese es el problema de muchos dominicanos que hoy juegan a ser poetas o a predicar un falso humanismo. Si de verdad quieres ayudar a los haitianos, ¿por qué no donas la mitad de tu sueldo y se lo llevas a Haití? ¿Por qué no acoges a una familia haitiana en tu casa? Pero claro, ahí sí lo piensas dos veces, porque sabes los riesgos que eso conlleva. Entonces, ¿por qué pretendes que los pobres dominicanos, con los impuestos que pagan, sostengan a una población que ni nos quiere, ni se quiere integrar?

Es una vergüenza que se defienda ese planteamiento mientras, según datos oficiales, hay al menos 180,000 estudiantes haitianos en las escuelas públicas dominicanas —y eso probablemente está subestimado. Si se calcula que educar a cada estudiante cuesta unos 90,000 pesos al año, estamos hablando de casi 19,000 millones de pesos anuales que el Estado dominicano invierte solo en la educación de hijos de haitianos.

Mientras tanto, más de 150,000 niños dominicanos están fuera de las escuelas. ¿Qué país puede darse ese lujo? ¿Qué nación responsable permite tal injusticia?

Y para colmo, ese gasto supera el presupuesto anual de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), que es la institución encargada de formar a los profesionales dominicanos. Esos 19,000 millones los paga el pueblo dominicano, con su sudor, con sus impuestos.

¿Y vamos a seguir jugando a ser buenos con lo ajeno? Eso es lo que han hecho muchos países gobernados por supuestos socialistas: destruyen lo que encuentran porque no son capaces de crear nada.

Nosotros podemos ser solidarios, claro que sí, y lo hemos sido, pero hasta donde podamos. Y además, la solidaridad no puede ser unilateral. Porque por más solidarios que seamos con los haitianos, ellos nunca han querido ser solidarios con nosotros.

Dominicanos, ¡esta es la hora de despertar! Hay que dejarse de cuentos y falsas bondades. Si no entendemos cómo llegamos a ser república, si no comprendemos que somos una nación política con un territorio y un derecho soberano, vamos a perderlo todo. Vamos a perder la nación dominicana por culpa de este grupo de farsantes que vive cómodamente hablando de justicia con lo ajeno.

Si quieres ser bueno, sé bueno con lo tuyo, pero no con el sacrificio del pueblo dominicano. Porque mientras tú juegas al poeta, hay miles de dominicanos sin escuelas, sin hospitales, sin servicios básicos.

La República Dominicana tiene una responsabilidad, y es con sus ciudadanos. No con extranjeros. Que cada nación aprenda a resolver sus problemas como lo hemos hecho nosotros: con esfuerzo, con trabajo, y con dignidad, aunque aún falte mucho por alcanzar.

Y concluyo con las palabras de Juan Pablo Duarte, que no se equivocó al advertirnos:

“La República Dominicana ha de ser libre e independiente de toda potencia extranjera o se hundirá la isla.”

Hemos llegado a ese momento en que las cosas hay que decirlas claras. No más ambigüedades. No más silencio. Es ahora o nunca.